Los familiares de Johann Trollmann le llamaban ‘Rukeli’, que en romanì significa árbol, por su fuerza y agilidad. Los Romas y Sintos durante la migración hemos admirado y respetado siempre la naturaleza, y en cuanto a los árboles creo que nos han hecho mucha compañía durante el viaje. El árbol en sí representa para nosotros la vida, la dulzura, la protección, la fuerza que crece. Cada árbol es diferente, con su presencia viva y fuerte, como lo es la entrega para combatir el antigitanismo y la romafobia que siguen vivos en Europa. Hay una anécdota de Carlo Stojika, un sobreviviente del Holocausto que dice así: “Los romas y sintos somos como las flores de esta tierra: nos pueden pisar, arrancar, gasar, quemar, matar… sin embargo, como las flores, siempre volvemos”. Hay una gran verdad en estas líneas… así que el árbol se planta por diferentes razones: para recordar a Rukeli, un hombre, pero también la historia de un pueblo, 500.000 personas gitanas exterminadas en los campos de concentración; es una manera también para tocar con las manos una página muy trágica de nuestra historia, un medio para que los jóvenes puedan sentir la belleza de la vida, en sus diferentes colores y formas. El objetivo es de plantar más árboles, en diferentes escuelas. Cada árbol es un símbolo multifuncional que ayuda a no olvidar el pasado si queremos que el futuro florezca en el respeto mutuo y la paz. No se trata solamente de enseñar estos valores sino que ellos tienen que ser cultivados cada día, así como lo harán los “embajadores” que son nuestros alumnos y alumnas quienes irán regando el árbol cada día, para que crezca sano, fuerte y resistente como lo era Rukeli.

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